MARZO.
Este mes, con Venus y Mercurio retrógrados, el universo no me la hizo nada fácil:
Si leíste la carta del mes pasado, quizás pensaste, como yo, que después de la tormenta venía la calma, ¿no? Pero no. Con Venus retrógrado, el universo decidió poner en el tablero a la ficha más difícil: mi ex.
Hace casi tres años que no lo veía. Cuando nos reencontramos, sentí que nada había cambiado. Aunque, en el fondo, los dos sabíamos que sí. Que habíamos cambiado, y mucho.
En medio de la conversación, en un momento me miró y me dijo:
—Yo no creo en el amor.
Me sorprendió, pero no del todo. Supongo que ya lo sabía. Entonces me repreguntó:
—¿Pero qué es el amor para vos?
Respiré. Pensé en lo que me hace sentir el amor, en lo que aprendí en estos años, y simplemente le dije:
—El amor es lo más lindo que te puede pasar.
Me escuchó, pero enseguida replicó:
—El amor te desestabiliza. Hay ansiedad, hay miedos, hay incertidumbre. Discutís, peleás. ¿Para qué querés todo eso?
Sonreí porque lo entendí. Yo también fui esa persona. Yo también creí que el amor tenía que ser algo limpio, sin miedos, sin dudas ni fisuras. Pero después aprendí que el amor es una construcción. Y que si no hay movimiento, si no hay crecimiento, si no hay transformación, entonces no es amor, es otra cosa. Quizás lo que estemos buscando en realidad sea entretenimiento más que amor, no lo sé.
Al día siguiente, cuando procesé todo, me di cuenta de algo: verlo fue como mirarme a mí misma hace dos años. Me vi en sus palabras, en sus miedos, en su resistencia. Hoy sé que el amor sin entrega se queda a medias. Y mientras pensaba en eso, entendí algo más. No solo él había cambiado, yo también.
Estos meses, en cuanto a lo vincular, fueron tremendamente intensos y no me quejo, amo haberlo vivido de esta manera. El hermoso aprendizaje es que:
Elegirme a mí misma es lo primero. Cada vez que digo no, me estoy eligiendo una vez más. Aunque a veces duela, aunque a veces patalee, aunque a veces me cueste encontrarle sentido a lo que pasa, siempre intento recordarme que no venimos a este mundo a mendigar amor ni mucho menos a imponer nuestra manera de amar. Y eso es lo que me demuestra cuánto estoy evolucionando.


Qué lindo es darme cuenta de cuánto crecí. Qué lindo es sentirme así, abierta, sin miedo, sin vergüenza de lo mucho que tengo para dar. Ya no quiero hacerme chiquita ni reprimir mis ganas de tocar, de abrazar, de besar, y de decir te amo.
Porque el momento perfecto es ahora.
Porque nunca sabemos si habrá un mañana.
Porque si algo aprendí en estos meses, es que el amor, cuando es real, siempre trasciende.
Con amor, Jackie.

