Tres libros
Hay algo que me pasa cada vez que entro a una librería. El mundo, de alguna manera, deja de existir.
No importa en qué estado emocional me encuentre. Si estoy triste, ansiosa, contenta o enojada. La librería tiene algo que me corre de ahí y me sumerge en otro mundo. Hay algo en ese espacio que me absorbe por completo: el olor de los libros, el silencio medio suspendido, la pila de libros en las mesas, el tacto de las hojas. Es como si todo lo demás quedara en pausa.
Y en esa pausa puedo verme.
Puedo ver cómo mi niña interior sale a jugar, cómo se despliega con gran facilidad. Hay algo en ese espacio donde siento que todo es posible, como si pudiera ser cualquier personaje, como si cada libro fuera una puerta a otra vida, a otra versión, a otra forma de sentir. Como cuando entraba a una juguetería y todo era posible, todo llamaba mi atención, todo tenía algo para descubrir. La diferencia es que ahora son libros.
Hay algo en ese momento donde me siento chiquita y gigante al mismo tiempo. Chiquita frente a todos esos libros, a esas bibliotecas llenas, a todo lo que todavía no leí, a todo lo que existe más allá de mí. Y gigante porque algo en mí se expande. Empiezan a aparecer conversaciones, ideas, sensaciones. Son esos instantes donde me inspiro profundamente.
Por eso, cada vez que viajo, cada vez que conozco algún lugar nuevo, lo primero que hago es buscar la librería más cercana. No importa el tamaño de la librería, ni cómo sea, ni dónde esté. Siempre hay algo nuevo para mirar, algo que se queda en la retina, algo que me llevo sin buscar. Porque sé que ahí hay algo esperándome, aunque no sepa qué.
No es solo elegir un libro, es lo que pasa cuando lo tenés en tus manos. A veces es una frase, a veces es una idea, a veces es algo que te queda dando vueltas en tu cabeza por días. No lo sé. Cualquier cosa puede ser un disparador, una puerta a algo más, una inspiración, una reflexión. Cada vez es diferente. Y para mí, eso es lo sublime.
Esta semana me pasó. Estaba con tres libros en la mano. Los apoyaba, los volvía a agarrar, los abría, leía un poco, los comparaba. Todavía no sabía si me los iba a llevar a todos, porque automáticamente en mi cabeza aparecieron los tres o cuatro libros que tengo pendientes apoyados sobre mi sofá. Y ahí, no te voy a mentir, apareció la culpa. Esa culpa de no querer seguir sumando libros a esa pila que te está esperando en tu casa. ¿Sabés cuál digo, no? Bueno, sí, esa.
Pero duró poco.




Porque casi al mismo tiempo pensé en lo mucho que disfruto tener esa lista de pendientes. No siempre las listas son las villanas de nuestra película, y menos si esa lista está hecha de libros. No sé si esto tiene algún sentido para vos, pero en ese momento fue lo que elegí creerme. Así que, así como llegó, esa culpa se fue. Se esfumo por completo.
Y al final, decidí llevarme los tres libros.

